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Reflexiones Sobre la Guerra y la Paz: Contribución a la Cumbre Mundial de Paz*
por: Susana Merino

Si bien es cierto que la naturaleza humana se halla condicionada por algunos aspectos biológicamente determinantes no es menos cierto que es la cultura la que nos convierte en seres “racionales, críticos y éticamente comprometidos” y  que “a través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones”. (UNESCO, 1982: Declaración de México). Por consiguiente parece fundamental analizar de qué manera,  y en especial a través de la educación, se transmiten valores que van conformando el imaginario por el que aceptamos como normales algunas situaciones que se siguen repitiendo a lo largo de la historia y que a pesar de que sus consecuencias nos horroricen nos parece imposible erradicar. Me refiero a los conflictos bélicos en particular y a la necesidad de  revisar los enfoques con que precisamente se nos sigue transmitiendo la historia.
No soy pedagoga, ni historiadora pero no puedo dejar de recordar que la mayor parte de las nociones de historia aprendidas en la niñez y en la adolescencia y que aún conservo en mi memoria tienen que ver con lugares, nombres y acontecimientos de carácter bélico. Triunfos y derrotas, batallas y proezas militares, Chacabuco, Maipú, Vilcapugio y Ayohuma, San Lorenzo, Talcahuano, Ayacucho, Las Piedras y así podría seguir nombrando innumerables otros episodios cuyo alto contenido de dolor, de pérdida de irrepetibles vidas humanas, de destrucción y de odio, no se menciona, en los que solo se exalta el heroísmo del ganador  por sobre la humillación y la derrota del vencido.
 
Y luego como para que esos triunfos nos queden marcados “a sangre y fuego” ya que de batallas se trata se siguen manteniendo presentes en los nombres de nuestras principales calles. Todo el microcentro porteño se halla bautizado con los nombres anteriormente mencionados, aunque eso sí omitiendo las derrotas. No existe ninguna calle que se llame Vilcapugio ni tampoco Ayohuma por ejemplo. Pero eso no es todo, las más importantes esculturas que engalanan nuestras calles son estatuas ecuestres de nuestro principales generales y no tan solo nuestros sino también exógenos como  la de Giuseppe Garibaldi en Plaza Italia.
 
Es probable que pocos recuerden que el General Manuel Belgrano antes que militar fue  abogado, economista, periodista, político y diplomático, fundador de escuelas de comercio, de náutica, de geometría y dibujo, agrícolas, de mujeres y gratuitas para pobres… pero nadie ignora que fue el vencedor de las definitivas batallas de Tucumán y Salta contra los realistas. Del mismo modo que muchos saben que  uno de nuestros más preclaros intelectuales Juan Bautista Alberdi fue quién sentó las bases de nuestra Constitución Nacional pero dudo que a muchos se les haya sugerido la lectura de uno de sus libros más emblemáticos “El crimen de la Guerra ” en el que dice entre otras muchas cosas  que “el homicidio es asesinato, sea de hombre a hombre o de nación a nación” que “la paz es una educación como la libertad” y cuyo texto debería ser de lectura obligatoria en todas las escuelas.
 
De modo que mientras no intentemos revertir nuestro tradicional modo de conocer y de interpretar la historia será difícil borrar luego de las mentes la idea de que no es posible, la convivencia pacífica puesto que así nos lo han enseñado.
 
Otro de los temas que creo importante destacar es el de la virtualidad de las fronteras, tan fácilmente comprobable a través del recorrido satelital que nos ofrece Google Earth. Las barreras, los límites son solo obstáculos, casi siempre imaginarios establecidos por el egoísmo humano, para impedir que otros semejantes puedan compartir lo que consideramos “nuestro” como si el Creador hubiera establecido una oficina de bienes raíces en el planeta para otorgar la titularidad de la tierra solo a algunos elegidos, como decía Thomas Paine, uno de los espíritus más luminosos del siglo XVIII. En realidad las verdaderas y peores fronteras son las del espíritu, las que rechazan al extranjero, al extraño, al diferente, y generan odios muchas veces incentivados por intereses totalmente ajenos a los de quienes se hallan directamente involucrados.
 
Mucho se habla de la necesidad de generar cambios políticos pero nada se logrará si no intentamos cambiar primero el corazón humano, no para pedirle que abandone sus propias convicciones  sino para lograr que incorpore a su vida y  en forma indeleble el respeto por las creencias y los puntos de vista de los demás. Pero por sobretodo y talvez más especialmente para tratar de desterrar el egoísmo que es sin duda el mayor obstáculo, la mayor frontera que en nuestros días dificulta el ejercicio de la solidaridad.
 
En ambos casos en el de intentar nuevos caminos para la enseñanza de la historia y en el de derribar muros y fronteras y comenzar a construir puentes, contamos con la insoslayable ayuda de las modernas tecnologías. No hace mucho tiempo el filósofo francés Jean-Claude Guillebaud describía el advenimiento de según sus propias palabras “tres revoluciones/mutaciones  cuyos efectos se suman y se conjugan” la económica, la informática y la biogenética a las que yo agregaría una cuarta la de las comunicaciones, que aunque actualmente subsidiaria, en gran parte, de la informática ha adquirido vuelo propio y puede llegar a transformar las bases morales de la sociedad, comportándose como un motor que impulsa y lubrica esos cambios y que puede inclinar hacia uno u otro lado el fiel de la balanza.
 
La comunicaciones en suma constituyen un invalorable aliado en lo que ha dado en llamarse la educación popular y que es el único camino capaz de lograr las profundas transformaciones que exige la coexistencia pacífica, en solidaridad, en fraternidad, en entendimiento, en tolerancia en respeto por la vida, por las diferencias, por la multiculturalidad y la convicción de que ningún ser humano vale más que otro o tiene derecho en modo alguno a someter a sus semejantes y mucho menos aún en el nombre de intereses seguramente disimulados, disfrazados e inconfesablemente  espurios.
 
Urge emprender esta tarea, desarmar los argumentos capaces de enfrentarnos gratuitamente y sin embargo a costos demasiado altos para la humanidad, sin el menor grado de racionalidad y con pérdidas  vitales  cuyo valor nadie ni nunca podrían reemplazar. La construcción del mundo en que soñamos solo podrá lograrse a partir una premisa inicial e insoslayable la convivencia en paz y eso depende de todos y cada uno de nosotros, sin excepción.
 
* Cumbre que se llevará a cabo a principios de Octubre en Bogotá (Colombia)